Cuando ella me dejó por algún otro un 14 de febrero de sabe Dios que año, que ya ni me acuerdo, más por salud mental que por otra cosa, quizá fue porque mientras yo soñaba con ella, yo ni siquiera le interesaba. Suele suceder y no creo ser tampoco el único ni un paria por haberlo pasado, pero -y siempre algún pero subyace- la mayoría de las veces siento un cierto sinsabor a la hora de hablar de eso a lo que llaman sentirse solo y me siento presa de un sentimiento infortunado que no deja en mí más que preguntas sin respuestas, recuerdos difuminados, oscuros y fondos totalmente fuera de foco y ni siquiera -al menos como premio consuelo- el primer plano nítido. Todo por haber sido precisamente un 14 de febrero uno de los días más solos de mi vida en estos veinte abriles que nunca volverán, como diría la canción.
Y aunque, es cierto, que un 14 de febrero no debería determinar una seria actitud mía ante la vida, posiblemente deba de tener algo de influencia en este patético estado de ánimo que traigo a cuestas casi siempre que algo hace que recuerde exactamente eso. Y es que, aunque no todo me haga recordar exactamente eso y no tenga en realidad un patético estado de ánimo tan así como lo cuento, de alguna manera, hay un cierto anacronismo en mis emociones y pensamientos, y un "no sé" sin saber a donde ir en mi mirada.
¿Cómo extirpar de una vez por todas aquel nefasto 14 de febrero? ¡¿Cómo extirpar de un trancazo todo ese dolor de holocausto?! Cómo hacer ahora para olvidar su vocecita tan dulce, junto a esa inexplicable ausencia algún día tan inoportuno. Cómo entenderlo -se podrán preguntar ustedes, no yo- porque me imagino que extraño el amor de ella, y mi amor por ella también.
Hay siempre un sabor a derrota y a decepción -y es que no puedo llamarlo de otra manera- mas lo único que en realidad quisiera recordar son aquellos lindos primigenios recuerdos de ensueño. Y es que, a pesar de no poder reclamarle nada en absoluto, sólo yo -y únicamente yo- podré comprender que la amo a pesar de un 14 de febrero roto.