lunes, diciembre 05, 2011

Coincidentemente olvido


Su pelo vacilaba al viento sobre el contraluz que el sol se encargaba de dibujar a esa hora, por la tarde, tras las sucias cortinas traslúcidas y empolvadas. Sus ojos, ávidos de amor. Sus manos, hundidas en el displicente colchón de turno, húmedo. Su voz, siempre me dijo que la amara.

Cerré mis ojos mientras hablaba. Contra picada ella, cual superhéroe glorioso, altivo, se encargaba de enrostrarme, literalmente, toda su belleza. Aquella esencial belleza, que sólo pude descubrir luego.

Verla, es admirarla. Por el contraste de sus cabellos con el tono suave de su piel. Por la sencillez, con que sus ojos reflejan su alma. Por sus delicadas curvas casuales, y de repente una sonrisa dibujada en su rostro, luego de morder suavemente sus labios.

Verla, es amarla. Amarla por la delicadeza con que sus manos tocan cada parte de mi cuerpo, desnudo. Amarla..., no es amarla desprotegida, como muchos podrían imaginar, es amarla como uno nunca podría.

Verla, es soñar. Es saberla desnuda mirándome fijamente, es tenerla y a la vez saber que es tan frágil. Es cuidarla, con la suavidad y la delicadeza, con la misma pasión y amor confinados a ser enteramente olvidados en su sudor, o en el mío. 

lunes, noviembre 21, 2011

Clonazepam & Whisky

Nunca estuve tan cerca de la muerte como cada día. Amanece un día más. Y siempre la vida, el rocío, la neblina o yo mismo. Siempre con la misma pregunta: ¿será acaso que no existe ninguna puta lógica razón para seguir estando vivos? o la vida misma se ha encargado de negarme la posibilidad de palpar aquella dicha.

Desde que dejé de escribir este blog, viví cosas que posiblemente no cuente aquí, pero recrearé con exageración mortecina algunas de mis aventuras cotidianas. Pero aquello, es tema de algún otro post que verán publicado aquí nuevamente con mi firma, o la que pedí prestada a un tal Perico de los Palotes, o sea un Don Nadie. El que siempre firma esto, que no soy yo. Aunque tampoco, yo, sea nadie.

Mucha agua corrió debajo del río, decía, mientras no estuve aquí. Para ser más exactos mientras no escribí por andar ocupado en cojudeces como pensar, vivir, comer, joder, reir, que al final da inútilmente lo mismo.

Hace algunos meses atrás, viví de cerca lo que sería la experiencia más devastadora de mi historia, si es que tengo historia. Y solo tengo alguna clínica por ahí, pero eso es lo de menos. Decía que fue la más devastadora en el sentido más amplio y largo de toda la palabra. Perdí, lo que sería para mí la única posibilidad de poder ver a la persona que más aprecio, admiro y tanto amo. Mi padre.

Sí, mi padre.

Sin detenerme en detalles que los asfixiarían, lectores. Solo diré que entiendo que tanto él como yo nos distanciamos en circunstancias que los dos reconocemos como ilegítimas y estoy seguro que, de plano, no aceptamos. Diré que perdura en mí, siempre, todo lo que él en algún momento compartió, de amigo o de padre.

Diré también que no hay mañana que despierte y no piense en él. Que sus irreconciliables pensamientos son reconciliables con el devenir del tiempo. Que aún así nuestras ideas devinieran en antagónicas, seguiría amándolo como siempre lo hice y hago. Que no es posible olvidar a un padre, que no es posible vivir sin él estando vivo. Que es totalmente legítimo derramar algunas cuantas lágrimas cuando se trata de mencionar su nombre. Mi nombre. Que todos aquellos  imborrables recuerdos no se pueden difuminar en una acuarela mal hecha, surrealista y confusa.

Muero cada día viviendo en su recuerdo. Sueño con toparme a su lado. Vivo sin una puta lógica razón de seguir viviendo. Sueño con vivir hasta aquel momento. Me rehúso, a que aquella sea la única manera de mantener nuestra relación.

No existe otra razón para seguir viviendo, que sentarme a conversar con él. 

viernes, setiembre 23, 2011