Su pelo vacilaba al viento sobre el contraluz que el sol se encargaba de
dibujar a esa hora, por la tarde, tras las sucias cortinas traslúcidas y
empolvadas. Sus ojos, ávidos de amor. Sus manos, hundidas en el displicente
colchón de turno, húmedo. Su voz, siempre me dijo que la amara.
Cerré mis ojos mientras hablaba. Contra picada ella, cual superhéroe
glorioso, altivo, se encargaba de enrostrarme, literalmente, toda su belleza.
Aquella esencial belleza, que sólo pude descubrir luego.
Verla, es admirarla. Por el contraste de sus cabellos con el tono suave
de su piel. Por la sencillez, con que sus ojos reflejan su alma. Por sus
delicadas curvas casuales, y de repente una sonrisa dibujada en su rostro,
luego de morder suavemente sus labios.
Verla, es amarla. Amarla por la delicadeza con que sus manos tocan cada
parte de mi cuerpo, desnudo. Amarla..., no es amarla desprotegida, como
muchos podrían imaginar, es amarla como uno nunca podría.
Verla, es soñar. Es saberla desnuda mirándome fijamente, es tenerla y a
la vez saber que es tan frágil. Es cuidarla, con la suavidad y la delicadeza,
con la misma pasión y amor confinados a ser enteramente olvidados en su sudor, o en el mío.
