En dos ocasiones la tuve más cerca de lo que siempre la he tenido y es más, de lo que he querido. La tuve vergonzosamente cerca de mí, pero no por culpa mía, sino por la culpa de su amistad con mi hermana. La tuve –es un decir- porque en realidad nunca la tuve y pienso que nunca imagino que la tendré. Sospecho que las dos únicas veces que la tuve rochosamente cerca tuve que ponerme la máscara que siempre me pongo cuando debo interrelacionarme con alguna mujer: humor y seriedad.
Estas son las dos únicas contradictorias y miserables máscaras que sirven para un tipo como yo que si se mostrara tal cual es ante las mujeres nunca las hubiera correspondido y nunca le hubieran dado bola (nunca se hubieran fijado en mí). Son máscaras que cualquier tímido tendría que ponerse a no ser que su timidez lo lleve a una tembladera de manos atroz y horrorosamente fatal. Y una sudoración doblemente fatal. Aunque siempre mi timidez en vez de manifestarse en mí como parquedad, es todo lo contrario, comienzo a hablar como un loco.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me miras desde lejos y mi voz no te toca…diría –creo- en mi caso, el gran Pablo Neruda si viviera. Y como a mí nunca me gustó inmiscuirme en temas de mi hermana, sospecho que tampoco me gustaba que ella se inmiscuya en los temas míos. Nunca sucedió, entonces yo pretendí jugar a mi ritmo, definiendo mi espacio, no sabiendo que aquella chica de violeta pasantía tímida y a la vez audaz, de caminar armónicamente alborotado se iba a fijar en mí, luego de haberla sorprendido con un polito y sin mangas.
Me pasa muy a menudo que cuando debo empezar la conversación miro a todos lados y me sudan a menudo las manos, pero esta vez no. Mis miradas de días inmensos, insomnes e intensos empezaban viéndola a ella llegar apresuradamente sonriente, con sus pecas rebosantes y su brillante y recogido cabello negro. Será que la veía con mis ojos, pero con qué otros ojos podía verla sino eran los míos, los verdes que cambian a turquesa en verano y se tornan grises en otoño.
Apenas la veía pasar esos mismos ojos, los míos, la observaban como quien observa una estrella que parece desvanecerse en la negrura de la noche titubeante, que aparece y desaparece, como quien la mira y no la quiere mirar, o como quien no quiere mirarla y la mira o como quien la mira para que se de cuenta que la mira y luego ya no la mira porque ahora mira a cualquier otro lugar con tal de que el blanco de sus miradas ya no sea ella.
Sus siempre politos sin mangas, es quizá una exageración mía, pero no puedo dejar de exagerar en eso porque le quedan tan bien que quizá es lo único que siento siempre se pone aunque no siempre lo haga. Y aunque yo no siempre la mire con esos ojos.
No pretendo hablar de sus pequitas ni de esa sonrisa que la dibuja de cuerpo entero para no desviar el tema de este texto que es el amor imposible y la melancolía que dicho amor conlleva y que significa que ella con toda su alegría, con toda esa magia, con todos sus politos sin mangas y con su media cola recogida y con esa vocecita con la que hoy, como nunca lo había hecho, me saludó. Ahora no me acuerdo quien dijo eso de que el imposible amor es el verdadero, y en este caso parece imposible y si lo miro de acuerdo a mi prematura perspectiva de vida no sólo parece imposible y verdadero sino que es imposible y verdadero respectivamente.
Podría, como lo he hecho y lo hago, quedarme sentado mirándola cómo, resuelta, se desplaza de un lugar a otro en el momento en que no pretende ni acercarse, porque quizá yo era quien la miraba con los ojos verdes que quería ser algo así como su nada más alguien que la mire y punto. Pero quizá ella se dio cuenta y sus amigas y amigos también se dieron cuenta y ella trató de caminar menos apresurada pero mucho más seria y menos vacilante para no darme pie a ninguna interpretación vana. Parece que el tiempo, entonces, me ha dado la razón de todo en cuanto mis ojos supieron necesario observar y dejar al descubierto o delatar.
Ahora ella no sólo me mira sino se acerca y me saluda, y no sólo me saluda, se acerca y me saluda sino que me busca y trata de que el encuentro trate de parecer casual y hasta innecesario con cierta dosis de indiferencia aunque mucho más llamativa de mirada y de intenciones. Ahora yo, no sólo la observo desde lejos como imposible sino que he encontrado un pretexto para acercármele, mi hermana. Y con ese pretexto me da un beso, porque ahora estoy cada vez más cerca a ella y aunque se vaya distendiendo esa imposibilidad de amarnos, pienso ahora más que nunca que su amor es imposible, que su polito violeta me hace guiños al pasado, y que ahora de turquesa la sigo, como siempre, imposiblemente amando.