Desde que dejé de escribir este blog, viví cosas que posiblemente no cuente aquí, pero recrearé con exageración mortecina algunas de mis aventuras cotidianas. Pero aquello, es tema de algún otro post que verán publicado aquí nuevamente con mi firma, o la que pedí prestada a un tal Perico de los Palotes, o sea un Don Nadie. El que siempre firma esto, que no soy yo. Aunque tampoco, yo, sea nadie.
Mucha agua corrió debajo del río, decía, mientras no estuve aquí. Para ser más exactos mientras no escribí por andar ocupado en cojudeces como pensar, vivir, comer, joder, reir, que al final da inútilmente lo mismo.
Hace algunos meses atrás, viví de cerca lo que sería la experiencia más devastadora de mi historia, si es que tengo historia. Y solo tengo alguna clínica por ahí, pero eso es lo de menos. Decía que fue la más devastadora en el sentido más amplio y largo de toda la palabra. Perdí, lo que sería para mí la única posibilidad de poder ver a la persona que más aprecio, admiro y tanto amo. Mi padre.
Sí, mi padre.
Sin detenerme en detalles que los asfixiarían, lectores. Solo diré que entiendo que tanto él como yo nos distanciamos en circunstancias que los dos reconocemos como ilegítimas y estoy seguro que, de plano, no aceptamos. Diré que perdura en mí, siempre, todo lo que él en algún momento compartió, de amigo o de padre.
Diré también que no hay mañana que despierte y no piense en él. Que sus irreconciliables pensamientos son reconciliables con el devenir del tiempo. Que aún así nuestras ideas devinieran en antagónicas, seguiría amándolo como siempre lo hice y hago. Que no es posible olvidar a un padre, que no es posible vivir sin él estando vivo. Que es totalmente legítimo derramar algunas cuantas lágrimas cuando se trata de mencionar su nombre. Mi nombre. Que todos aquellos imborrables recuerdos no se pueden difuminar en una acuarela mal hecha, surrealista y confusa.
Muero cada día viviendo en su recuerdo. Sueño con toparme a su lado. Vivo sin una puta lógica razón de seguir viviendo. Sueño con vivir hasta aquel momento. Me rehúso, a que aquella sea la única manera de mantener nuestra relación.
No existe otra razón para seguir viviendo, que sentarme a conversar con él.