viernes, julio 20, 2007

Por lo general...


Cuando a uno no le queda de otra que aceptar su realidad, se da cuenta que es más feliz aceptándola que intentándola cambiar. Es mi realidad, quiera o no, me guste o no y es mejor responsabilizarme por ella, si no de lo contrario estaré destinado a emprender un proceso de búsqueda de realidades alternativas, que no sólo me destruirán –por ser aquello un sentimiento autodestructivo-, sino que a la vez me harán infeliz.

Y escribo esto, porque tengo que admitir que de aca a un tiempo, mi soledad, esa a la que yo tanto amaba, y con la que tantos momentos pasé acompañado, comenzó a disgustarme al punto de rehuirla. No podía soporarla, me repelía de tal manera que buscaba la forma de evadir tremendo peso de encima. Que infiel que había sido con mi soledad. Y yo que tanto disfrutaba con ella, y yo que jugueteaba haciéndole cosquillas, y de vez en cuando mimándola. Conversaba con ella, escribía y hasta filosofaba.

Tengo que admitir repito, que hace algún tiempo mi soledad dejó de ser mi predilecta, y la melacnolía con la que ella siempre llegaba se esfumó de repente.

Es por ello, que he tratado de arreglar mi situación con ella, traé de convencerla que regresara, me dijo que lo pensaría. No sé que hacer ya para esperar su regreso y para tenerla nuevamente en mis brazos. No sé que hacer aun después de todo lo que he hecho. Y es que en la soledad siempre han salido mis mejores escritos, es ahí donde me confronto cara a cara con mis verdades. Y trato de introspecionarme a fin de conocerme un poco más, parafraseando a Sócrates. Pero qué pasa si esas verdades y esa confrontación producto de la introspección suele resultar adversa a uno mismo, porque cuando me inspecciono y más me conozco a mí mismo, me entero que no soy tan perfecto como quise creer –y siempre creí-, y que tengo mucho más defectos que virtudes, pero que indudablemente tengo que revertr esos defectos para que mi destino no sea quedarme huérfano de humanidad.

Así es, a veces solemos ver nuestro propio reflejo en las demás personas y mientras más veamos nuestro reflejo en ellos, más nos sentiremos aliviados, nos olvidaremos de nuestros propios defectos y problemas. Mientras la otra persona sea histérica, eso hace que yo olvide que yo también lo soy. Yo estoy bien, tú estas mal. La clásica de los que encuentran todos los defectos habidos y por haber en terceras personas. Aquellos que andan buscando hasta en el más mínimo detalle un defecto. Ellos se encuentran con la alegre realidad de que sus problemas se ocultan y se hacen invisibles ante los de los demás pero eso no soluciona el problema, siguen teniendo los mismos, siguen siendo iguales.

Por eso es que la soledad, es una parte fundamental para revertir esas actitudes. Es un camino, diría yo, para saber qué de bueno nos trae ahora nuestra soledad. Hay que saber apreciarla, de lo contrario llegará quizá un momento en que hubiéramos preferido no olvidarla ni desatenderla, ni dejar de mimarla, aunque sea para que no se vaya de nuestras vida, y podamos contarle todas las cosas que nos faltaron y no nos quedó tiempo para contar, aunque todas las cosas no se digan muchas veces y se dejen en el limbo de las oraciones inconclusas y subliminales para que aquella tercera persona las entienda..

La vida es un dormir profundo, y uno de sus sueños es el amor...

Calderón de la Barca y su famosa obra: La vida es sueño. Será cierto o será otra de las afirmaciones retóricas de todo escritor que busca un papel protagónico en virtud de sus elocuentes trazos. Pensemos, en realidad, cuan bien nos vendría un estado de sueño profundo en este momento, en el que la humanidad pareciera haberse empecinado en luchas, guerras y todo cuanto convierte al hombre en un animal en su mínima expresión. Podríamos empezar diciendo que los sueños aparecen cuando uno se empecina en reprimir algo. Es como una forma de protestar ante tan inhumano acontecimiento: reprimir. Pero no reprimimos cualquier cosa, precisamente reprimimos sentimientos e ilusiones.

Los sueños no siempre utilizan la violencia para que premeditadamente se puedan ufanar de su hazaña, aunque es legítima ante el abuso que comete la mente despiadada en no dejarlos salir a flote. Ruegan por que se les de un espacio y sufren por sólo presentarse en sueños, quizá nunca los conocerán, o quizá se pierdan en el olvido de nuestra frágil memoria. Lo único que somos, puedo decirlo hoy, es ilusión. Una ilusión transformada en ganas, ganas de luchar por un futuro promisorio, por un futuro que nos devuelva las agallas y las esperanzas que perdimos cuando nos enfrentamos por primera vez a esta cruenta realidad llamada mundo o retóricamente hablando: planeta tierra. Solíamos divertirnos con correr luchando por alcanzar la nada y reir sin más motivo que el reflejo de una sonrisa en los rostros de los demás. Todo se fue, pero no fue en vano. Imitábamos por el simple hecho de estar acostumbrándonos a un mundo que nos era hostil y solíamos protegernos mediante la inocencia de aquellos años en los que jugábamos porque no conocíamos otra manera de ver la vida.

Lástima que la inocencia se perdió con los años, pero es inevitable. Son escalones, peldaños que vamos alcanzando y seguimos trotando hacia la meta, ya no luchando por alcanzar la nada, porque vemos que la nada ya no existe. Más bien vemos que los sentimientos autodestructivos nos agobian y esperan de nosotros una rendición fácil y sin mayor complicación. Antes solíamos reir, hoy sólo lo hacemos por compromiso. Antes jugábamos como única forma de ver la vida, hoy lo hacemos para olvidarnos de nuestros problemas. Antes veíamos en los otros a personas confiables, hoy sólo vemos a nadie como amigo aunque todos insitan en llamarlos como tales. Confianza?...aquella palabra pintada de arcoirirs, la que el tiempo erosionó, fue desgastándose lentamente con los años y hasta las heridas, si es que ya no sangran, siguen marcando nuestros cuerpos con cicatrices. Quién diría que son los años, los que no pasan en vano y el tiempo es nuestro peor enemigo. Por fin quisiera ir por el mundo, y recorrerlo por completo; pero si algún día me faltan ganas de hacerlo quiero que estés a mi lado, quiero que recuerdes cada uno de los momentos que pasamos juntos.

Yo estoy loco, tú estás más loco


De la locura se ha hablado innumerables veces. Hay quienes sostienen el argumento de que locura es hacer siempre lo mismo, esperando resultados diferentes. Otros alegan que locura es simplemente un estadío de la mente humana cuando pasa por procesos de desórdenes mentales. La depresión, la tristeza y el aislamiento podrían ser desencadenantes para este fenómeno intransigente que deriva –a mi entender- de un desorden interno de pensamientos, ideas y emociones encontradas.

Todos tenemos algo de locos, pero en unos salta más a la vista que en otros. Yo tenía un compañero de clase caracterizado por un andar solitario y un hermético mutismo, todos le decían “el loco”. Pero de loco no tenía absolutamente nada. Solía pasear descalzo en varias oportunidades por creer que ello denotaba paz interior y una mayor pureza del alma. Un día –cuando agoté todos mis esfuerzos por arrancarle una conversación- pude notar que su “locura” no provenía de desórdenes mentales, ni siquiera era la resultante de una profunda depresión, así que indagué aún más. En nuestra primera conversación no pude satisfacer todas mis ansias de conocimiento, así que quedamos en encontrarnos en un conocido café de la ciudad un viernes por la noche.

Recuerdo que aquella noche, en el café miraflorino, bajo la luz tenue que alumbraba los sórdidos ambientes clásicos del local, me insinuó con un tonillo de película de acción su interés por contarme una historia. Mi mirada le reclamó que prosiguiera y así lo hizo. Empezó diciendo: Una vez en un castillo de un pueblito muy lejano… Lo demás –creo- desenmarañó todas las posibilidades de duda frente a las conjeturas que había realizado sobre mi posible locura. Me comentó que un Rey había vivido por muchos años con la inmensa carga de tener que convivir con un hijo que se había vuelto “loco”, el hijo juraba y rejuraba a los cuatro vientos que él era un gallo. El rey había decidido pagar una gran fortuna a la persona que se acercase al castillo y curara de la locura a su hijo. Fue así que llegaron personas, gurúes, adivinos, chamanes, etc de diversos puntos de la ciudad para curar al hijo del rey esperando la gran recompensa, pero al cabo de todos los intentos que sucedieron para hacerlo, ninguno lo logró. El rey andaba decepcionado y con una inmensa tristeza, sin embargo, una mañana logró escuchar que alguien tocaba la puerta del castillo, se asomó y preguntó quien era. Vengo a curar a su hijo – se oyó detrás de la puerta. Era un místico que había ido luego de escuchar que el rey buscaba a alguien que curase de la locura de su hijo. Ya han venido muchas personas y ninguna ha podido curarla, por qué tendría que confiar en ti para que cures a mi hijo –replicó el rey. Porque si su hijo está loco, sólo otro loco puede curarlo – argumentó pausadamente y con mucha sabiduría. Entra – dijo el rey y no se oyó ni una sola palabra más.

Cuando el sabio entró a la habitación en donde se hallaba el hijo del rey, se encontró que el muchachito estaba debajo de la mesa desnudo. Inmediatamente, el sabio se quitó igualmente la ropa y se escabulló junto a él debajo de la mesa. Pero que haces – dijo el muchachito. Yo también soy gallo – dijo el sabio. No, tú no eres gallo. Cómo sabes – replicó el sabio. El hijo del rey quedó muy confundido, no obstante convivieron de esa manera –debajo de la mesa y desnudos- por meses. Corría el doceavo mes cuando el sabio decide salir de debajo de la mesa y ponerse su ropa. El hijo del rey lo mira con estupor y le recrimina: qué tú no eras gallo! El hecho de que coma, vista, hable y camine como humano – replicó el sabio- no quiere decir que deje de ser gallo. O te entiendo – le dijo el muchachito-, hemos convivido y tu eras también gallo y ahora me dices que no dejas de ser gallo y te comportas como los estúpidos humanos. El muchachito no salía de su estupor, cuando de pronto el sabio lo encara. Yo puedo hacer todas estas cosas porque el hecho de que me comporte como ellos – como humano- no cambia en nada mi esencia, yo sigo –en esencia- siendo gallo, sólo les hago creer que soy como ellos. De repente el hijo del rey comenzó a salir de donde había estado por más de veinticuatro meses y se comenzó a vestir. Se miró al espejo y dijo: es verdad! Sigo siendo gallo!

El hombre –en esencia- no cambia pero uno están más locos que otros. Al final, uno no es más loco por lo que aparenta sino por lo que es y uno no es más gallo por parecerse más a un gallo sino por el contrario, cuando menos se parezca a un gallo sabrás que su esencia sigue siendo la misma así se vista, hable y se alimente como tú.

Yo podría estar loco escribiendo estas líneas sobre la locura que se me ha dado por escribir pero no tendría razón de ser si nadie lo leyera. Entonces si yo estoy loco escribiendo esto y tu te tomas el tiempo de leer mi locura llego a la simple y alegre conclusión que no soy el único loco sino que hay otro más loco que yo, el que me lee. Al fin y al cabo es para nuestro bien y lo único que quiero es que te cuestiones y te cuestiones y te cuestiones y no te quedes con una única verdad. Porque así como las palabras engañan la verdad es mentirosa, sino pregúntenle al que escribió mentiras verdaderas. Hasta la próxima.

Nunca confíes en una computadora


Hace poco más de una semana descubrí –al ingresar a mi computadora- que todos mis archivos se me habían borrado. La causa: la instalación de un programa que oculta documentos de manera momentánea. El problema: no saber que el programa que había instalado era un programa de prueba, cuyo tiempo de duración era sólo 30 días. El programa reaparecía constantemente cuando yo me disponía a rescatar del anonimato, escritos que, suponía, tenían algún valor para mi. Lo único que debía hacer era presionar “Control + A” y salía una cuadro de diálogo en el que debía ingresar mi contraseña y listo. Yo sabía que el tiempo de prueba había concluído -la misma máquina me lo indicaba- pero el programa seguía funcionando. Yo, confiado, seguí creyendo que la ilusión momentánea de que todos mis archivos hayan desaparecido sumiéndose en el anonimato ante el acecho de quienes trataban de hurgar en mis asuntos personales sea cierto.

Todo esto me causó un gran malestar al principio; hoy, no se si lo sea del todo. Creo haber reflexionado en el asunto y sospecho haber llegado a una conclusión muy diplomática. Ahí les va.

Partiré del proverbio que dice: Todo pasa por algo. No sé si será un proverbio, frase, cliché, o si nuestros padres no lo introdujeron hasta el cansancio en nuestro subconsciente, pero lo que sí sé es que la frase se cumple a cabalidad en esta circunstancia que me toca vivir. En un principio pensé que era lo peor que me hubiera podido pasar: todos mis escritos –poemas, novelas, ensayos, etc- se habían ido a la basura. Pensé que era una maldición. Como si estuviera viviendo algo irreal volvía abrir el programa pero era en vano. En mi desesperación por recobrar mis archivos le pedí ayuda a la persona que me había metido en líos –porque fue la que me dio el programa- , mi padre. Me dio una solución, pero no funcionó. Así que me resigné a no ver nunca más mis escritos.

Aún me causa cierta tristeza saber que nunca más los volveré a ver, pero eso es lo de menos. Luego –con la cabeza un poco más fría- traté de meditar en lo que me había pasado y traté de darle la vuelta al asunto y verlo de manera positiva. Me di cuenta de muchas cosas. Primero, de que había estado viviendo con una pesada carga sobre mis espaldas, llena de recuerdos –plasmados en escritos-, mi bote había estado repleto. No sabía cómo sacarme ese peso de encima que me producía volver a revisar el pasado. Las fotos, mis escritos y todo lo que ahí guardaba pareciera que el viento se los hubiese llevado.

Segundo, me di cuenta de que todo en esta vida es temporal, totalmente pasajero. Corroboré el hecho de que mientras menos botes carguemos en la vida, mucho más ágil y ligero será nuestro paso por ella. Comprendí, que mientras no pueda cruzar el caudaloso río voy a necesitar un bote, pero una vez que me encuentre en la orilla de enfrente y ya lo haya cruzado ya no lo necesitaré más, seguir cargando con él sería absurdo. Esa es la misma analogía que hago con lo que me ha acontecido: las palabras son un medio, y cuando las palabras ya cumplieron su función, ya no sirven y es preciso desecharlas. En este caso no fui yo quien con alevosía las desechó, pero quizá el destino me haya querido quitar uno de los más grandes botes que hasta hace una semana seguía cargando en mi vida, aunque digan por ahí que destino, qué es eso, no existe.

martes, julio 17, 2007

17-07-07

17 de Julio. Errores, yerros más defectos que virtudes. Cuna, peluches, mamaderas, pañales, gordito, nido, primaria, secundaria, flaquito, celulares, computadoras, el fútbol, golpes, oye levántate!, cerros, viajes, fotos, cambios, lentes, mudanza, frío, amor, más golpes, levántate nuevamente!, más cerros, más abras apachetas a 5000 msnm, más viajes, comidas, lujos, humildad, hierros, hierros, hierros, lágrimas, alegría, sonrisas, tristeza, celebraciones, riegos, ruegos, oraciones, naturaleza, trabajo, dinero, carros, consumismo, paseos, enojos, máscaras, ira, celos, sufrimiento, dulzura, paciencia, apertura, peligro, rebeldía, golpes y más golpes...hierros y más hierros, más defectos que virtudes y ya me voy convirtiendo en alguien...porque cuando me doy cuenta que no soy nada voy siendo alguien y cuando más sé que sé, no se nada. Todo lo que soy, no lo oculto, así soy, imperfecto y débil pero mientras más conciente soy de mis debilidades aún más me fortalezco. Gracias Dios. Me voy de viaje... ya les contaré...