sábado, enero 17, 2009

Razones del corazón (Parte II)

“El azar es la coincidencia de una casualidad externa y una finalidad interna”

André Breton

Hasta ahora nunca hablé eso de lo de su tan franca sinceridad. Sí, sinceridad nunca a medias, sino completita y hasta sorprendente. Sinceridad, que salió con sacada de brillo en toda la conversación que sostuvimos muy amenamente en algún café de Lima, y barsito aparte, donde la llevé con el único propósito de que se sintiera lo más cómoda que pudiera sentirse, y con la férrea convicción de que le encantaría.

Me comenzó a hablar muy suelta de huesos, y yo, muy sueltos de huesos también, la escuchaba. Trataba de descifrar las vertiginosas imágenes en sus ojos, que se sucedían, rápidamente, unas detrás de otras. Imágenes mentales, anécdotas, vivencias que poco a poco fue desempolvando como si por alguna extraña razón, y en algún inesperado momento hubiera recordado toda su vida de a pocos, pero tan de golpe, que daban ganas solo de sentarse y escucharla. Mientras yo resolvía, en la noche, el problema del “no existe pero yo te lo consigo”.

Lo cierto, es que verdaderamente lo helado que pedimos porque lo que pedimos primero no había, fue solo un pretexto para una conversación tan amena como simpática, y la verdad es que saliendo nos dio hambre, sí, y mucha hambre. Y tuvimos que conciliar para tratar de ir a comer algo que a ninguno de los dos nos dividiera pero que a los dos, al final de cuentas, nos dejara satisfechos. Eso hicimos, finalmente, y tuvimos que huir con la noche ya tan venida a menos y conversando rezagos de alguna inconclusa conversación matutina.

Por lo demás, fue un momento de felicidad, risas y más risas. Canciones a medias, un micro sin pagar, ¿dije risas? Y es que como diría Kierkegaard, “la eternidad es el instante”. Y no es que haya sido una eternidad el momento –porque se pasó volando- sino que se hizo eterno, se hizo no tan frágil, nunca se tornó volátil. Por el contrario, hoy, tal cual me place recordarlo, lo recuerdo, y escribo los recuerdos a mi antojo. Y si tan solo pudiera agregarle a esta historia dos o tres cositas más… ¿sé perdería acaso la veracidad de la misma?

Hoy no hago más que recordar, sin poder conciliar el sueño, y a la vez que me es imposible conciliarlo, acabo de soñarla muy despierto o muy dormido, muy yo. La soñé enredadamente de mi mano, con su piel tan suave, con el sonido de su risa, con su sonrisa, y sus ojitos juguetones. La soñé amando lo que hacía y disfrutando a plenitud del momento, tan despierta, tan dormida, tan preocupada y tan despreocupada a la misma vez, tan olvidadiza.

Traté de que su timidez pasara desapercibida, traté de endulzar la salada agua del mar para aplacar su sed y traté, de igual manera, arrancarle alguna cálida y risueña sonrisa, como siempre ella –y solo ella- la supo dar; como yo –y como solo yo- espero haberlo conseguido.

viernes, enero 16, 2009

Razones del corazón (Parte I)

"Los escritores escribimos porque somos tímidos y resulta que ahora nos hacen hablar en público"
palabras casi exactas de Ana María Matute y Augusto Monterroso
Su voz era suave, tierna y disciplinada. Era la voz de una alumna graduada de la escuela secundaria de algún colegio barranquino, de ojos verdes, joven y que había salido de casa a los dieciséis, con vehemencia, para comenzar a recorrer el mundo con la única inspiración de fotografiarlo, conocerlo y reciclarlo.

No recuerdo muy bien qué hora marcó mi reloj –que siempre llevo puesto en mi muñeca izquierda- cuando mis ojos la descubrieron despistadamente andando y buscándome con esos lindos ojos verdes que hacían tan buen juego con aquella blusita blanca y con bolitas.

Su voz siempre se mantuvo suave. Y su mirada, extraviada en el horizontal y lejano mar, por ratos se encontraba con la mía, extraviada, sí, pero en sus castaños cabellos claros. Y en sus ojos doblemente claros, con el único propósito de averiguar qué pasaba por su mente en aquel caluroso día de verano que decidimos encontrarnos muy cerquita al mar.

Hasta el día de hoy, no sé si fue la casualidad lo que evitó mi falta de optimismo, y qué falta de optimismo, porque media hora después de la hora pactada –por decir lo menos- hubiera podido estar seguro de no haber podido encontrarla ni siquiera tomando un café helado sola, y sentada frente a un atardecer tardón.

Al fin y al cabo, eso es lo de menos.

Lo demás es que caminamos y caminamos, como si no fuéramos a ningún lugar. Como si el destino nos hubiera tenido preparado los pasos justos para seguir haciendo lo único que hacíamos: caminar. Y seguimos caminando tan solo para romper esa delgada capita de hielo que nos separaba mientras conversábamos y perder esa irremediable timidez que produce la vida misma en un día caluroso bajo el sol, normalmente, durante aquellos traicioneros diez minutos iniciales del encuentro.

Ya sentados en algún café de la ciudad y con el sol metiéndose a la cama, abrimos la carta para pedir algo de tomar, frío por favor. Al lado de una ventana que miraba con un marco ovalado a la calle, y de reojo. Ella, sentada frente a mí; y yo, decididamente, frente a ella. Sus brazos cruzados, sus manos escritas, su cabello suelto y resuelto, sus dos codos sobre la mesa, su blusita blanca de bolitas, mis dos codos también sobre la mesa. ¿Y qué tal el día en la playa? Pedimos y seguimos conversando.

Luego vinieron, supongo que horas, de conversación. Y digo supongo porque ni me di cuenta del tiempo, o es que ni le presté atención a eso del reloj que estaba en mi muñeca izquierda. Entonces, prefiero quedarme con horas de conversación. Decía, que luego vinieron horas de conversación, esperando a que nos trajeran eso helado que tuvimos que pedir porque lo que pedimos primero nunca llegó –cosas que nunca entenderé- y que suceden justo cuando uno menos se lo espera, pero suceden.

Que de qué conversamos. Creo que conversamos lo suficiente como para pensar, que ahora sé un poco más acerca ella. De todo un poco en verdad, desde vida familia, amigos, arte y fotografía; hasta filosofía, cosas que ninguno de los dos entendió y serias utopías. Cosas en común y en descomún –como solo a ella se le ocurriría-.

lunes, enero 12, 2009

Frank en Lima...

domingo, enero 11, 2009

sábado, enero 10, 2009

Nunca supe cuánto...


Nunca supe cuánto debía perder para quedarme con algo a lo cual tendría que dejar un año, además de un poco más, más tarde. Nunca traté, porque nunca en verdad supe, de averiguar el verdadero significado de eso de que "no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista", y parece que ni el cuerpo, ni el mal aguantaron, porque parecen haberse resignado luego de arduas faenas de dolorosas fricciones vertebrales, por decir lo menos.

Al cabo de un año, además de un poco más, aunque no mucho, podría decirse que ningún cuerpo aguntó y ningún mal resistió. Porque si hubieran aguantado y resistido de manera tan estoica como valerosa quizá no hubieran tenido una tregua de medio año, y finalmente un acuerdo de paz que más parece el concilio de trento que un acuerdo de paz, pero ahí vamos...

Nunca supe, también, eso de que cortar por lo sano era lo más recomendable y eso de que la pita se rompe por el lado más débil , pero de algo saqué mis propias conclusiones, y esas propias conclusiones concluyeron en que solo mía era la decisión que nunca tomé, porque el enemigo (metafóricamente hablando), llegó con su banderita blanca en son de paz, con las armas hacia abajo, y una cabizbaja expresión facial que hasta ahora me parece fingida...

jueves, enero 08, 2009

Amarse a uno mismo no es tan fácil


Hacía mucho calor, el día que conversábamos de cuán inexplicablemente difícil era eso de amarse uno a uno mismo. Hasta ese momento de dudas, nunca en mi vida me había puesto a meditar tan profundamente sobre tal afirmación, contractura neuronal o simplemente un pensamiento aparentemente inocuo llamado: "amor a uno mismo".

Decía que aquel día me moría de calor, sentado frente a ella, risueña -como nunca deja de estarlo siempre-, deslumbrante por esas cosas del destino que a uno lo hacen despertarse tan bien cada mañana.... Y es que, para empezar ella nunca terminó de decidirse en eso de que si se amaba o no. Por lo que yo me entretuve jugueteando con su único si y su único no, y a medias tintas -osea nada- y sus cabizbajas frases luego de terminar de escuchar canciones que la hundían quizá en las melancolías más ignotas y profundas de un hemisferio lleno de polvo.

Fui yo, precisamente, quien trató de acaparar la conversación con mi insistente e irrisoria pregunta, qué interrogante tan bobalicona, como "no sé de qué más hablar y por eso te pongo lo primero que se me ocurre". A menudo me pasa, quizá por la premura de aquellos minutos que mientras pasan uno se hace tantas preguntas como cuando recién el ser humano cae en razón que algún día tendrá que irse de este mundo sin haber hecho literalmente nada.

Y seguimos el trazo que nos marcó la conversa en el mismo modo como de a pocos y de pequeños sorbos ibamos tomando una mesurada copa de vino dulce, aguerrido -como solo los valientes beben el placer-. La enriquecedora conversación nunca tomó su cauce final, a sabiendas de la noche oscura, tenebrosa y casi por ratos adormitada.

De pronto, su risueña expresión no supo como mantenerse quieta, constante, y tornó en un gesto inconcluso a punto de una maravillosa lágrima dulce, porque no podía ser de otra manera -o salada-, pues imposible pensar que de unos ojos tan dulcemente apacibles, risueños y doblemente tiernos y claros, podrían salir pequeñas lágrimas saladas, amargas o tristonas.

Yo la escuchaba con deleite mortecino y seguía tomando el vino de una copa acabada. Y la música de fondo, y el cielo claro. Ella sólo dubitaba en su respuesta.

De pronto una palabra, una sola frase, un solo episodio que me ha dejado pensando hasta hoy, de sólo haber sabido qué contestar en ese momento, de sólo pensar qué hubiera sido si... mejor ya no pensar y quedarne tranquilamente exhausto en el meditabundo sillón de los recuerdos y de los aires cuartopisanos de esta humilde morada apagada por un error electrónico que me ha dejado con el consuelo de ya no poder hablar con ella pero de seguir recordándola.

Por el momento, yo sé de una mujer que mi alma extraña... y que dice no amarse a sí misma, y que por el contrario ama a todo el mundo, con el amor con el que no puede amarse ella misma.

viernes, enero 02, 2009

No sé de qué escribir

Recuerdo fechas, algunos nombres, ciertos lugares, pequeños olores, formas de vestir, vivos colores, fromas de peinar, diversos autores, comidas para escoger, terapias que seguir, psicólogos, amnesias, helados, estaciones del año, sentimientos y culpables.

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Este blog, fue creado con el único propósito de servir como una especie de catarsis para el autor, sin embargo, se convirtió no sólo en un dolor de cabeza para el mismo, sino en la más requerida página de sentimientos no exteriorizados y estados de ánimos ocultos. Para luego terminar siendo una especie de recuento del acontecer político, araíz de un trabajo de periodismo de la universidad. A su vez, marcó una etapa bien definidad en mi vida, con algunos sinsabores y ciertas desaveniencias, pero muchas alegrías, sorpresas y enriquecedores consejos de parte de quienes de manera anónima supieron ingresar en el fascinante y por momentos atormentado mundo del que escribe.