sábado, enero 05, 2008

Le pediré a la luna un consejo

No sé qué le puede molestar tanto a una mujer tan linda como ella para que hoy, como nunca, se despidiera de mí tan fría, sin ningún beso aparte, sin ninguna cálida caricia de adiós. Se despidió despojándose, cogiendo con las dos manos un plato y acercándose a darme un beso tan frío como sus manos en invierno. Se acercó y de un portazo puso punto final a uno de esos días en que trata ella de estar siempre con los mejores ánimos al tope por estos días de un clima raro en verano.

Se despidió como se despide el portero del inquilino, como se despiden los mozos de los comensales, las anfitrionas de los asistentes. Y tan obvio fue su disgusto que la puerta no se abrió de par en par hasta que el ascensor se abriera, sino que el retumbar del portazo me indicó de lo que nunca quise darme cuenta. No hubo miradas en el espacio que separa su puerta del ascensor ni tampoco amorosos besos volados. No hubo su pelo negro alborotado despidiéndose de mí como extrañándome, no fueron sus ojitos los que me miraron para saber si la iba a extrañar también, no fue su sonrisa la última imagen de la que me percaté, como siempre, para poder soñar con ella.

Y no sólo no mencionó ni por error el nombre con el que ella cariñosamente siempre me llama (milkiway), sino que también cambió de 6 a 8 la hora en que debemos vernos mañana –¿hoy día?-. ¿Por qué? Ni me lo pregunten, porque yo estoy tan igual o aún más perdido que ustedes.

Salvo por lo de su abismo siempre me ha importado un repepino Descartes y su cartesianísimo “Pienso, luego existo”. Modestamente, a esa frase opongo otra que ha dominado toda mi humilde existencia: “Siento, luego existo”. Sin embargo, en esta noche de insomnio que proso pareciera que le doy más vueltas analíticas que nada a estas cositas del amor, de su humor y del enamoramiento, es decir que en este momento, Pienso y luego existo. Y aún sigo sin entenderme.

Hoy, no hubo silbido desde el balcón, no hubo un te amo que me despidiese de lejos en la calle, no tuve que voltear a despedir a nadie porque a pesar de que ella siempre estaba ahí, hoy nunca estuvo. Brilló por su ausencia su presencia y mi soledad mentiría si dijese que se fue a gusto sin ver ni siquiera su sombra.

No hubo más protocolo que mi mirada buscándola en lo más alto de un segundo piso, no hubo noche más fría, no hubo calles tan solas –nunca- como las hubo hoy. Porque a pesar de que la tuve todo el día a mí lado no logro entender de quien fue el error (mío o de ella). Y si de errores se tratan, por mi parte –y de antemano decreto- fueron exclusivamente culposos (sin ninguna intención salvo por necedad, desidia o negligencia, mas no con intención, alevosía ni maldad).

Para colmo de males, me entero hace un rato que Fumador: Sí; Alcohol: En compañía; Edad:21 y Estado: Soltera…

No sé, entonces, después de todo lo que les he explicado líneas arriba, por qué esta noche es tan triste sin ella, sin su recuerdo, porque su último recuerdo fue la nada esperándome a que saliera, nadie mirándome desde el balcón, el mostrador de la penumbra en el tocador de su sonrisa, sus labios con prisa y sus ganas después. Porque el último recuerdo fue su inexplicable ausencia, su mirada a ningún lado, su cuerpo sin necesidad de amar, sus besos con los ojitos abiertos –aunque no de par en par-.

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