Espléndida mañana cuando por fin se oculta la noche, con tantos sollozos y sufrimientos de gente que no tiene la culpa de estar aquí, que no tiene la culpa siquiera de haber nacido, de estar sufriendo junto a otras tantas personas y familias y conocidos que aguardan por cada uno de ellos a la salida. Largas esperas, indolentes barrotes de metal, que no se complacen viendo llorar al más fuerte. No es el destino quien lo quiso, fueron, creo yo, la inexactitud de haber crecido frente al oprobio de esta sociedad. Quien diga en este lugar que aguarda salir para regenerarse será un usurero, nadie aguarda salir de esta pocilga, porque realmente lo es, para cambiar, sino para delinquir aun más de lo que ellos acostumbraban, porque el hecho se haber sido oprimidos y desarraigados de sus familias, tierras, círculos y condominios ha mellado en su subconsciente y aún no dejan de sonar vez tras vez. Con los ojos como no queriendo ver nada, los tengo prendido entre las rejas, para ver si por ahí se asoma esa figura esbelta de aquella damisela precoz que con sus atributos suele encandilar a los mas fieros y extraños. Que con su arte de amar ha traído abajo a más de uno y sueña con conquistar el absurdo de visitarme en las noches y quedarse a dormir. Suelo contestar de día lo que me preguntan por las noches, pero hoy estoy solo para nadie, porque literalmente he salido a dar un breve paseo con mi mirada, que socava entre las ventanas aquellos seniles ríos de agua púrpura que no dejan de fluir. Más fuerte es el viento que se acalló de pronto, y estaba alborotado, prefiero salir volando que quedarme atolondrado en este nido de pájaros, en este cilo, en este enclaustro furibundo y nostálgico en donde ahogo mis penas y pesares a través de una ventana, como queriendo traer al recuerdo aquellos momentos que se borraron, que nunca hablaron por sí solos, sino que tendremos que hablar más delante de ellos, como si hubieran muerto, o como si las efemérides de aquel día hubieran calado hondo en el corazón de ella. Súbitamente acostumbrado al sollozo de tu mirada, y al espasmo de tu silencio, no puede acostumbrar a mi cuerpo al ritmo que le impartes a tu rutina, a tu espejo. Son tus sombras las que duelen al pasar adoloridas, siendo estériles mis besos que aún siguen siendo tuyos. Las cosas se van, pero se van volando, como quien hace recuerdo de aquel efímero pasatiempo en que nos agarrábamos las manos. Por un momento. Por un instante creí haberte erizado de pies a cabeza y haberte estrechado a tal punto de no dejarte ir, pero que fuerte eres, y perenne a la vez que no dejas huellas, que sueles ver rastros por donde no los hay, que sueles ver de reojo las miradas que te cruzan y las esquivas súbitamente por entre la cornisa de tu cuerpo por donde se bandea la luna. Aún quisiera estar contigo, pero sin ti. Como si no nos hubiéramos amado nunca, como queriendo ocultar, tu, la ironía del pasado creyendo traer al presente las nostalgias del futuro. Como quien sabe a ciencia cierta que debe hacer en el momento que lo debe hacer, mas epístolas creo yo haber pensado recibir de aquella dama, de aquella mujer que ya no es más una niña como aquel día en que la conocí.
Los claveles suenan al tiritar de frío los jazmines dorados que albergan al trigo y a los caracoles en tu jardín. Como si fuesen bárbaros aquellos que persiguen a las viejas inclemencias del tiempo. Como si el tiempo fuese en realidad el único enemigo de mis pesares y mis angustias, mas nada, todo perdido está, sin quererte contar nada paso día y noche en vela, suspirando como aquel momento de reclamar una mirada, y aquellos roces como queriendo decirte algo, sin hablar, sin, tan sólo, cruzar palabra. Pude ver aquel día que el viento nos llamó tarde, mas nunca supo encontrarte dentro del cuarto dormida. Fue la tarde perfecta quien sabe porqué, sería una partida frustrada, otra mal entonada y unas cuantas buhardillas. Pero estuviste tú, como queriendo reclamarme entre los pocos parados y sedientos, entre los vastos paisajes con carros. Como queriendo no decir nada me acerqué. Supe, entonces, que algo pasaba. Con los dos nos fuimos, tu tratando de alegar, y yo queriéndote jalar con la mirada. No te decía nada y puedo pensar que no fue mal augurio pues sin pensarlo dos veces no quisiste bajar.
La noche cayó lentamente y no pudimos volver a intentarlo. Llegamos al lugar indicado nunca tuve más temor que aquel día corriendo, y en mi mente te presentabas sin mirarte, sin hablarte, con la voz entrecortada, como queriendo llorar, y temblando de pavor. Devinimos en parajes ignotos y sedientos de limpieza moral, con aquellos borrachos con quienes no sabríamos descifrar nada, como cuando aquel porrazo de pavor te embargó la piel de gallina, y pude tocar tu brazo, deslizándome suavemente por tu abrigo, mientras cruzaba la pista, mientras bajaba súbitamente mi mano. Grandioso destino que ni siquiera queriéndolo, pudiste hacer que su mano con la mía encontraran el camino de la vida haciendo de todo esto un misterio por resolver. Un enigma al vacío. Desesperación conjurada por algunos dioses malévolos, y algunas brujas chirriantes que no pueden hacer de ti, una mujer. Mi mujer.
Veo a través de mi ventana, las llorosas palmeras que crecen, y no dejan respirar en este frío intenso, en este humilde cielo, los que dejaron escuchar sus voces, sus palmadas, sus gritos y sus aplausos. Puedo vislumbrar que no se trata de nuevos cánones establecidos sino de viejos paradigmas endilgados por la memoria colectiva. Infame. Lucha entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal. Lucha. Clases sociales entre los que suelen tenerlo todo y los que no tienen nada. Puedes ofrecer tu cuartucho entre la muchedumbre adormitada en subasta hasta el amanecer. Quiero subastar el invierno, las flores, los ríos, y los nevados hasta quedar en la quiebra por tanto ofertar lo gratis. Quisiera poder vislumbrar los tejidos que entremezclan los sacerdotes linaje escogido, con lienzo y con linos finísimos. No, podría hacer una pequeña pregunta, una misteriosa y enigmática ruina sutil y adyacente a mi lago de lágrimas, como queriéndote besar en la boca, como siendo el príncipe de tus sollozo incontrolables y lamentos inexplicables, me entrometo en tu ideas y hago de ellas otras cosas, como suaves e indolentes, augurios precipitados y discernimientos que no dejan de salir de mi alma, ni de mi mente, sólo quiero un tiempo más para poder explicar lo que ha sucedido por fin. Lo que aconteció no lo podría explicar con palabras, con placeres en mi alcoba como los más sórdidos climas que no suelen ver algo, con los que deshojan margaritas pensando en algún día volver a verlas. Me crispan los nervios, como si fuera la última noche, como si estuvieras a punto de entrar dentro de claveles rojos y linos finos y como si no quisieras partir ni apartarte ni por un minuto, ni siquiera alejar tu mirada y poderme contemplar toda una eternidad.
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