sábado, marzo 17, 2007

Ella es la enemiga del fantasma en mi cabeza

Constantemente suelo tenerla conmigo en mi inconsciente, hago ademanes sinceros y hasta le planto la conversación que tuvimos el día anterior, ella es dueña de mi pasado, producto de los recuerdos que la distancia aún no se ha encargado de borrar y hasta podría alegar en un gesto de incongruencia conmigo mismo que también es dueña de mi presente. Mi inseguridad hace que sea su morada predilecta y hasta su comida es mi ansiedad pura. Tras mis pasos viene ella dejando el vino junto a mí luego de beberlo, los dos, del mismo vaso. Por supuesto, ella es la mujer perfecta que me construyó mamá, y a estas alturas viene a joder mi psicología.

No he llegado a comprender del todo si este fenómeno es producto de alguna obsesión cercana a la etapa de mi niñez, ni mucho menos me he detenido a pensarlo, quizá pueda explicármelo a través de sueños. Alguna vez soñé, por qué no contarlo, que aquel sentimiento abrumador solía interrumpir los escasos momentos de cordura que perduran hasta ahora en mí. Los pocos complejos que poseo, gracias a la benevolencia de mis padres, no producen ningún rasguño en la costura de su austera falda. Quizá –sigo sospechando- aquella mujer que me construyó mamá fue muy grande de estatura.

Mis sueños han sido atiborrados de imágenes en mi mente, de aquella mujer fantasma que anhela ser la predilecta en mi corazón, y tanto ha sido mi desconcierto que he llegado al punto de acudir a un especialista en la materia: Un psicoanalista. Las terapias son de 3 a 4, sólo los días miércoles y jueves y no pretendo dar más explicación al detalle porque no podría incluso. Pero, como les comentaba, tanto fue mi miedo, que acudo con suma religiosidad tales días de la semana.

Es una casa semiderruída, no por el descuido de sus habitantes sino por el tiempo, toco el timbre, me abre un señor de aspecto desaliñado, muy descuidado, entro. Adelante, me dice, siéntese y póngase cómodo. El doctor siempre me ofrece algo de tomar, pero nunca acepto. A ver cuéntame hijo, qué tienes, recuerdo que me dijo la primera vez, dándose cuenta del estado en que me encontraba totalmente sumido. Le conté el papelón que hice con la chica que conocí el otro día en aquel bar, y no tuve remedio en contarle a cuentagotas la imagen tan irreal que me habían construído en la cabeza.

Hasta ahora, he tenido poco más de 8 sesiones, y me he atrevido a preguntarle al doctor si es que todo esto se debe a el deseo de esperanzarme con demasía o conformarme con poco, si lo que me está sucediendo es parte de un cuadro de cordura o estoy totalmente loco. Doctor… ¿no será que la vida es un rosario de caprichosos antojos?...le seguí comentando al doctor que ella, la de carne y hueso, era la que pagaba siempre los platos rotos, la de verdad, ella, la que me cuida, la que me entibia mis noches de insomnio y frío, la que me espera, y por si fuera todo eso poco, también me aguanta: la enemiga del fantasma en mi cabeza.

Luego de la 5 sesión, el doctor pudo dar algunos indicios de un posible veredicto terminal. Se acomodó los anteojos y me comenzó a observar por la parte superior del marco, mientras yo terminaba de acomodarme en una silla frente a él, en su escritorio. Levantó misteriosamente una hoja con demasiadas anotaciones y comenzó a explicarme: mira hijo, me dijo: esa imagen que se te aparece en sueños y que siempre recuerdas como la creación de tu madre sospecho que es puritana e inteligente, buena para la cocina y muy decente, tan irreal que existiría sólo en tu mente, pero tú, terco, insistes en compararla con ella.

Te digo más, me dijo, mientras yo trataba de hilar explicaciones y sentimientos encontrados…si usa la falda muy corta tendrás problemas, pues la chica en tu cabeza es de otro esquema, y ni qué decir si es que se le ocurre alguna idea, se siente como la mierda… Ayúdeme doctor!, fue lo único que le dije, en la última sesión del jueves último. No encentro una explicación coherente desde la última vez que escuché a mi doctor, pero nunca tuve tantas dudas que no me cohibí en preguntarle en aquellos pocos minutos que me quedaban de la sesión aquel jueves por la tarde. Y dígame doctor –le dije- ha tenido casos similares, o soy el único orate al que le sucede esto?... y el doctor muy sabiamente me contestó: hijo no hay quien se salve de este asunto...

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