¿Qué sabía, yo, del amor a los catorce? Si a duras penas podía conmigo mismo, si a tientas veía, recién, el largo y arduo camino de la vida. Si soñaba con las guitarras de Rock-n` roll y los escenarios pomposos. Si lo único que me rodeaba eran las peleas callejeras y los estudios de grabación a la salida del cole. Si lo único que me afanaba eran las chicas, la fama y la rutinaria, trillada y monosintáctica palabra…
Qué sabía, yo, del amor si la vida sólo me daba pequeños empujoncitos, mis amigos sonrisas, mis amigas caricias y yo un pobre y triste huevón. Qué sabía yo de la vida si esta –la vida- aún no me confrontaba de frente y yo le huía tímidamente. Cómo saber del amor cuando uno empieza la vida, a pesar de pensar, ahora, que uno recién la empieza.
Como quitar los recuerdos, imborrables en la mente, marcados con el indeleble y un deleznable plumón. Se quedarán por siempre aunque yo nunca más esté.
Me acuerdo de la diócesis, el confesionario y hasta los juguetes de verano. Mi padre espiritual, los retiros a los que nunca fui, las canchas en las que jugué, la camisa rota, el pantalón descosido, mis cuadernos sin notas y mi registro al olvido.
Me acuerdo de mis profesores en esa edad, siempre amargos, alegres, sonrientes y algunos detestables. Las pendejadas en clase y las luchas internas con el psicólogo, el subdirector, el coordinador y la santa puta madre. La psicóloga debió ser mi primera fantasía sexual de adolescente.
Qué sabía yo del amor en ese entonces, si las palomas no significaban completamente nada, si aún no me recostaba sobre el hombro de la luna en las noches de soledad, si nada me hacía recordar a la falda de alguna, si los poemas de amor sólo eran lindos cuentos lejanos y simples plagios, si las canciones sólo eran para divertirme un rato, si la soledad era siempre estar acompañado.
Pero, a pesar de no haber sabido el verdadero significado de la palabra, tal vez lo sentía, o quizá, lo creía sentir. Quizá sólo le puse un nombre a algo que es imposible ponérselo, porque es tan abstracto como ilusorio.
El amor eterno quizá dure sólo cinco meses, tal vez un año, de repente ocho. Quizá en ese entonces duró poco más de un verano, un verano inevitablemente corto a los catorce.
Qué sabía, yo, del amor si la vida sólo me daba pequeños empujoncitos, mis amigos sonrisas, mis amigas caricias y yo un pobre y triste huevón. Qué sabía yo de la vida si esta –la vida- aún no me confrontaba de frente y yo le huía tímidamente. Cómo saber del amor cuando uno empieza la vida, a pesar de pensar, ahora, que uno recién la empieza.
Como quitar los recuerdos, imborrables en la mente, marcados con el indeleble y un deleznable plumón. Se quedarán por siempre aunque yo nunca más esté.
Me acuerdo de la diócesis, el confesionario y hasta los juguetes de verano. Mi padre espiritual, los retiros a los que nunca fui, las canchas en las que jugué, la camisa rota, el pantalón descosido, mis cuadernos sin notas y mi registro al olvido.
Me acuerdo de mis profesores en esa edad, siempre amargos, alegres, sonrientes y algunos detestables. Las pendejadas en clase y las luchas internas con el psicólogo, el subdirector, el coordinador y la santa puta madre. La psicóloga debió ser mi primera fantasía sexual de adolescente.
Qué sabía yo del amor en ese entonces, si las palomas no significaban completamente nada, si aún no me recostaba sobre el hombro de la luna en las noches de soledad, si nada me hacía recordar a la falda de alguna, si los poemas de amor sólo eran lindos cuentos lejanos y simples plagios, si las canciones sólo eran para divertirme un rato, si la soledad era siempre estar acompañado.
Pero, a pesar de no haber sabido el verdadero significado de la palabra, tal vez lo sentía, o quizá, lo creía sentir. Quizá sólo le puse un nombre a algo que es imposible ponérselo, porque es tan abstracto como ilusorio.
El amor eterno quizá dure sólo cinco meses, tal vez un año, de repente ocho. Quizá en ese entonces duró poco más de un verano, un verano inevitablemente corto a los catorce.
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