Me parece escuchar tu voz desde el tendedero, mientras le reprocho al olvido el comportarse como una amante despechada. Le hago cosquillas al recuerdo y entre lágrimas inmensas deseo volver a vivir lo vivido. Bajo mi colchón he guardado algunos besos de mi stock que han quedado sin estreno, en stand by. Los descubriré luego cuando nuevamente esté contigo niña mía. Tengo aún una polera que guarda olor a ti, una calcomanía de tu mirada y dos fotos que son única compañía.
Como si hubiera dónde hacerse fuerte estoy en busca de aquel rincón. Como si por fin algún buen poema me saliera. Como si me sobrara tiempo para hacer todo lo que quiero. Como tus lágrimas, así de crueles son las horas que pasan sin ti, las horas que no vuelven, las horas que se van. Los minutos sin ti son pedazos de queso con vino y horas de ausencia.
Las horas que pasan son abismos. Los minutos y las sombras van tras de mí como si no quisieran nunca perderme de vista, y de pronto los pierdo –a la sombra y a mí-. Y de pronto un silencio quedo. Por donde comenzar a extrañarte, a quien reclamarle tu ausencia, solo con la nada molestarme queda.
Lo peor del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sardinas,
las golondrinas muertas en la almohada.
Lo malo del después son los despojos
que embalsaman al humo de los sueños,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole sin dueño.
Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a la hoquera los archivos.
Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos...
Joaquín Sabina
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