viernes, julio 20, 2007

Nunca confíes en una computadora


Hace poco más de una semana descubrí –al ingresar a mi computadora- que todos mis archivos se me habían borrado. La causa: la instalación de un programa que oculta documentos de manera momentánea. El problema: no saber que el programa que había instalado era un programa de prueba, cuyo tiempo de duración era sólo 30 días. El programa reaparecía constantemente cuando yo me disponía a rescatar del anonimato, escritos que, suponía, tenían algún valor para mi. Lo único que debía hacer era presionar “Control + A” y salía una cuadro de diálogo en el que debía ingresar mi contraseña y listo. Yo sabía que el tiempo de prueba había concluído -la misma máquina me lo indicaba- pero el programa seguía funcionando. Yo, confiado, seguí creyendo que la ilusión momentánea de que todos mis archivos hayan desaparecido sumiéndose en el anonimato ante el acecho de quienes trataban de hurgar en mis asuntos personales sea cierto.

Todo esto me causó un gran malestar al principio; hoy, no se si lo sea del todo. Creo haber reflexionado en el asunto y sospecho haber llegado a una conclusión muy diplomática. Ahí les va.

Partiré del proverbio que dice: Todo pasa por algo. No sé si será un proverbio, frase, cliché, o si nuestros padres no lo introdujeron hasta el cansancio en nuestro subconsciente, pero lo que sí sé es que la frase se cumple a cabalidad en esta circunstancia que me toca vivir. En un principio pensé que era lo peor que me hubiera podido pasar: todos mis escritos –poemas, novelas, ensayos, etc- se habían ido a la basura. Pensé que era una maldición. Como si estuviera viviendo algo irreal volvía abrir el programa pero era en vano. En mi desesperación por recobrar mis archivos le pedí ayuda a la persona que me había metido en líos –porque fue la que me dio el programa- , mi padre. Me dio una solución, pero no funcionó. Así que me resigné a no ver nunca más mis escritos.

Aún me causa cierta tristeza saber que nunca más los volveré a ver, pero eso es lo de menos. Luego –con la cabeza un poco más fría- traté de meditar en lo que me había pasado y traté de darle la vuelta al asunto y verlo de manera positiva. Me di cuenta de muchas cosas. Primero, de que había estado viviendo con una pesada carga sobre mis espaldas, llena de recuerdos –plasmados en escritos-, mi bote había estado repleto. No sabía cómo sacarme ese peso de encima que me producía volver a revisar el pasado. Las fotos, mis escritos y todo lo que ahí guardaba pareciera que el viento se los hubiese llevado.

Segundo, me di cuenta de que todo en esta vida es temporal, totalmente pasajero. Corroboré el hecho de que mientras menos botes carguemos en la vida, mucho más ágil y ligero será nuestro paso por ella. Comprendí, que mientras no pueda cruzar el caudaloso río voy a necesitar un bote, pero una vez que me encuentre en la orilla de enfrente y ya lo haya cruzado ya no lo necesitaré más, seguir cargando con él sería absurdo. Esa es la misma analogía que hago con lo que me ha acontecido: las palabras son un medio, y cuando las palabras ya cumplieron su función, ya no sirven y es preciso desecharlas. En este caso no fui yo quien con alevosía las desechó, pero quizá el destino me haya querido quitar uno de los más grandes botes que hasta hace una semana seguía cargando en mi vida, aunque digan por ahí que destino, qué es eso, no existe.

1 comentario:

theressa dijo...

Si, a mi también me sucedió lo mismo. Todo sucede por algo, todo tiene una razón de ser :)