De la locura se ha hablado innumerables veces. Hay quienes sostienen el argumento de que locura es hacer siempre lo mismo, esperando resultados diferentes. Otros alegan que locura es simplemente un estadío de la mente humana cuando pasa por procesos de desórdenes mentales. La depresión, la tristeza y el aislamiento podrían ser desencadenantes para este fenómeno intransigente que deriva –a mi entender- de un desorden interno de pensamientos, ideas y emociones encontradas.
Todos tenemos algo de locos, pero en unos salta más a la vista que en otros. Yo tenía un compañero de clase caracterizado por un andar solitario y un hermético mutismo, todos le decían “el loco”. Pero de loco no tenía absolutamente nada. Solía pasear descalzo en varias oportunidades por creer que ello denotaba paz interior y una mayor pureza del alma. Un día –cuando agoté todos mis esfuerzos por arrancarle una conversación- pude notar que su “locura” no provenía de desórdenes mentales, ni siquiera era la resultante de una profunda depresión, así que indagué aún más. En nuestra primera conversación no pude satisfacer todas mis ansias de conocimiento, así que quedamos en encontrarnos en un conocido café de la ciudad un viernes por la noche.
Recuerdo que aquella noche, en el café miraflorino, bajo la luz tenue que alumbraba los sórdidos ambientes clásicos del local, me insinuó con un tonillo de película de acción su interés por contarme una historia. Mi mirada le reclamó que prosiguiera y así lo hizo. Empezó diciendo: Una vez en un castillo de un pueblito muy lejano… Lo demás –creo- desenmarañó todas las posibilidades de duda frente a las conjeturas que había realizado sobre mi posible locura. Me comentó que un Rey había vivido por muchos años con la inmensa carga de tener que convivir con un hijo que se había vuelto “loco”, el hijo juraba y rejuraba a los cuatro vientos que él era un gallo. El rey había decidido pagar una gran fortuna a la persona que se acercase al castillo y curara de la locura a su hijo. Fue así que llegaron personas, gurúes, adivinos, chamanes, etc de diversos puntos de la ciudad para curar al hijo del rey esperando la gran recompensa, pero al cabo de todos los intentos que sucedieron para hacerlo, ninguno lo logró. El rey andaba decepcionado y con una inmensa tristeza, sin embargo, una mañana logró escuchar que alguien tocaba la puerta del castillo, se asomó y preguntó quien era. Vengo a curar a su hijo – se oyó detrás de la puerta. Era un místico que había ido luego de escuchar que el rey buscaba a alguien que curase de la locura de su hijo. Ya han venido muchas personas y ninguna ha podido curarla, por qué tendría que confiar en ti para que cures a mi hijo –replicó el rey. Porque si su hijo está loco, sólo otro loco puede curarlo – argumentó pausadamente y con mucha sabiduría. Entra – dijo el rey y no se oyó ni una sola palabra más.
Cuando el sabio entró a la habitación en donde se hallaba el hijo del rey, se encontró que el muchachito estaba debajo de la mesa desnudo. Inmediatamente, el sabio se quitó igualmente la ropa y se escabulló junto a él debajo de la mesa. Pero que haces – dijo el muchachito. Yo también soy gallo – dijo el sabio. No, tú no eres gallo. Cómo sabes – replicó el sabio. El hijo del rey quedó muy confundido, no obstante convivieron de esa manera –debajo de la mesa y desnudos- por meses. Corría el doceavo mes cuando el sabio decide salir de debajo de la mesa y ponerse su ropa. El hijo del rey lo mira con estupor y le recrimina: qué tú no eras gallo! El hecho de que coma, vista, hable y camine como humano – replicó el sabio- no quiere decir que deje de ser gallo. O te entiendo – le dijo el muchachito-, hemos convivido y tu eras también gallo y ahora me dices que no dejas de ser gallo y te comportas como los estúpidos humanos. El muchachito no salía de su estupor, cuando de pronto el sabio lo encara. Yo puedo hacer todas estas cosas porque el hecho de que me comporte como ellos – como humano- no cambia en nada mi esencia, yo sigo –en esencia- siendo gallo, sólo les hago creer que soy como ellos. De repente el hijo del rey comenzó a salir de donde había estado por más de veinticuatro meses y se comenzó a vestir. Se miró al espejo y dijo: es verdad! Sigo siendo gallo!
El hombre –en esencia- no cambia pero uno están más locos que otros. Al final, uno no es más loco por lo que aparenta sino por lo que es y uno no es más gallo por parecerse más a un gallo sino por el contrario, cuando menos se parezca a un gallo sabrás que su esencia sigue siendo la misma así se vista, hable y se alimente como tú.
Yo podría estar loco escribiendo estas líneas sobre la locura que se me ha dado por escribir pero no tendría razón de ser si nadie lo leyera. Entonces si yo estoy loco escribiendo esto y tu te tomas el tiempo de leer mi locura llego a la simple y alegre conclusión que no soy el único loco sino que hay otro más loco que yo, el que me lee. Al fin y al cabo es para nuestro bien y lo único que quiero es que te cuestiones y te cuestiones y te cuestiones y no te quedes con una única verdad. Porque así como las palabras engañan la verdad es mentirosa, sino pregúntenle al que escribió mentiras verdaderas. Hasta la próxima.
viernes, julio 20, 2007
Yo estoy loco, tú estás más loco
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1 comentario:
Sí, yo estoy más loca!!!
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