En mi tierra desierta eres la última rosa
PABLO NERUDA
La mínima idea de su nombre, no la tengo; así que la llamaré M. Y no sólo la llamaré M, sino que le diré, también, la chica del polito rojo. Y les contaré, para empezar, que M. ha sido víctima de una desdichada pero encantadora fijación mía. Fijación que hoy ha debido y ha sabido tomar satisfactoriamente su cauce. De esas que por alguna ignota razón uno queda prendido, admirado, con la boca abierta y diciendo, ella fue todo, para qué más –al menos eso dije yo-, o sea pagó y recontra pagó, como diría un pata.
Así que he decidido no luchar con el afán de describir su belleza, no luchar con el afán de describir su oscura luminosidad que tanto encandiló mis sentidos y es más de no luchar por su efímera y regocijante pasantía frente a mis ojos, frente a mi cuerpo, frente a mis ganas.
Y como decía, ya no voy a tratar de describir ese deleite, ese encanto, esa belleza, pues su belleza más allá de que sea indescriptible es innombrable y utilizo esta palabra porque es preciso que su indescriptibilidad siga vigente para no perder de vista aquella magia, aquella sombra de su pasajero roce, aquella sonrisa y aquellos castaños cabellos claros amalgamados por esos ojitos claros delineados por su suave y delicada tez tan suave.
Diré que su indescriptibilidad y lo indescriptible de mis emociones –por no poder expresarlas coherentemente hasta ahora casi al final de este texto- es lo que precisamente necesita –he caído en la cuenta-.
Es precisamente lo que sucede en la irremediable fotografía: no hay nada peor que una imagen nítida de un concepto confuso, como diría Ansel Adams. En literatura –lástima que mi amigo Ansel no haya sido escritor- sería: no hay nada peor que un texto nítido (coherente, claro, sintácticamente perfecto, graámaticamente mejor y ortográficamente estupendo) de un concepto –o de una historia- confusa. Entonces mis queridos lectores no esperen que este texto sea nítido porque la historia y las circunstancias que lo circundan son precisamente las más borrosas, confusas y tortuosas, como si le hubieran bajado la velocidad de obturación a la cámara y la hubieran movido justo al apretar el disparador.
No pretendan tampoco, que me quede prendido, ya no de este amor imposible, sino de este encantador encuentro furtivo, porque como diría Bienvenido Salvador Buenaventura, a veces es muy poco lo que uno necesita de una persona. Quizá, ella haya sido mi última rosa en esta constante y desesperanzadora muerte llamada vida.
6 comentarios:
jajaja
mismo Augusto pensando en "mi Eugenia" de Niebla...
(l)
Jajaja…algo así, seguro por lo que me cuestiono mucho de todo y soy muy enamoradizo, ah y pienso mucho en ella, aunque no se llame Eugenia, pero por lo demás no soy abogado, ni huérfano ni adinerado, y conocí a una mujer de la que su nombre, no es que no me acuerde, sino que ni siquiera lo sé. No me enamoro ni sufro sentimentalmente por ella. Conduzco mis sentimientos de la manera más civilizada que se pueda y procuro que estos no me lleven por los oscuros caminos de las situaciones que llevan al suicidio y la muerte en el momento que me hundo en la desolación, como sí sucedió con Augusto.
Un abrazo
como explicarte que yo...
bueno no creo que haya ningún problema si me lo explicas por correo ¿creo?... (tres puntos suspensivos)
(permiteme concluir)-siento la confusa incertidumbre de amarte...espero seas feliz
sea quien sea que posea tu corazón...
¿? ... que pasó ¿?
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