martes, noviembre 27, 2007

Cuento #02 "Nada de Adíos muchachos"

Quizá el único lugar donde se sienta a gusto sin su recuerdo. Ahí, no la recuerda porque nunca compartieron nada, sentados en alguna mesita de mármol o alguna sillita de terciopelo rojo sobre alfombras de tribales sucias y gastadas.

La tenue desesperación de las llamas sobre el candelabro, enloquecidas por el orgásmico sentimiento de una canción, lo invitaba a beber el vino que nunca pudo beber como aquella noche.

-Y me bebí un vino fuerte, como sólo los audaces beben el placer-pensó-

Los tristes acordes de una guitarra lo invitaban a beber de a pocos, el vino que se consumía a medida que iba cayendo la noche. No consultaba la hora, porque no llevaba un reloj ni le interesaba, y su mirada, extasiada de nostalgia, rompía la inercia del espacio y se perdía, vaga, en la pared morada de enfrente, en algún cuadro de alguna mujer semidesnuda o en cualquiera de los avejentados candelabros de bronce.

De pronto, rompió su silencio y pensó al escuchar una canción.

-No entiendo la letra, como no entiendo muchas cosas de la vida –y se volvió hacia la estatua de una mujer que lo miraba provocativamente con un escote que dejaba al descubierto sus erguidos senos desnudos-

Sus penas se disolvían en una copa de Concha y Toro, a medida que el reloj avanzaba sin tregua. El único ruido: el punteo de la guitarra que lo hacía despertar de ese aletargamiento en el que se hundía por ratos. Sus dientes crujían al masticar los pancitos al ajo que le habían traído a la mesa. Era una noche inolvidable, una noche completamente a solas, como muchas.

-No entiendo lo que dice la canción, como no entiendo muchas cosas de la vida-repite- Dentro de ese rosario estoy yo-intuye-

Los recuerdos son souvenirs que uno va acumulando tras su corto paso por la vida, tras su corta estadía en este hotel llamado tierra, donde hasta ahora no le cuesta un sol la estadía, salvo algunos golpes.

Levanta su mirada enterrada en la alfombra y ve que no lo acompaña nadie. La mesa, que es para dos, sólo anda ocupada por uno, y el otro sillón beige es su único testigo.

Comienza a ver cosas donde no las hay, y al mirar el sillón de enfrente la observa a ella. Acaba de copiar sus gestos, la imita, la extraña. Le invita de su copa y beben juntos agarrándose de las manos, la deja servirse de su plato y llama a un servidor para que le traigan un poco de agua.

-Mierda! Qué raro me siento-parece decir-
-¿No me estaré volviendo loco?-se cuestiona sin aspavientos-

Un servidor irrumpe en la salita y le avisa que la trova empieza.

-Si tienes algún pedido me avisas-le sonríe-

Él le hace una seña con su mano agradeciéndole por el aviso y coge de inmediato una servilleta.

-Tan joven y tan viejo
-Nos sobran los motivos-escribe-

Los dos de Joaquín Sabina. Al rato el cantautor anuncia el tema con un acento catalán.

Los acordes del intro ponen el toque de nostalgia en su mirada. La noche se vuelve fríay difusa. Recuerda muchas cosas.

...Lo primero que quise fue marcharme bien lejos;
ella me dió las llaves de la ciudad prohibida
yo, todo lo que tengo, que es nada, se lo dí...

...Lo que sé del olvido lo aprendí de la luna,
lo que sé del pecado lo tuve que buscar
como un ladrón debajo de la falda de alguna
de cuyo nombre ahora no me quiero acordar…

Al poco rato, tras aplaudir parsimoniosamente, el cantautor anuncia su segundo pedido.

…estos labios q saben a despedida
a vinagre en las heridas
a pañuelo de estación…

Para decir Adiós a los dos nos sobran los motivos…

Se siente satisfecho, parece que va a dejar el local pero no se mueve. Queda alñgon pendiente.

Comienza una trepidante melancolía dentro de su alma, un delator sollozo que nadie observa porque se escondey las canciones de amor...

Entonces se acuerda de todas esas canciones que le hacen recordarla, todas esas canciones que tiene que cantar para poder borrar su recuerdo casi por coacción, para poder recordar cuánto la amo y cuanto, hoy, la extraña.

Ahí, solo, aunque no lo diga, parece haber enfrascado su historia en un aislamiento voluntario, en una solitariedad inconclusa, porque como diría una canción no muy conocida de Sabina:

…Estoy tratando de decirte
que me desespero de esperarte
que no salgo a buscarte porque se
que corro el riesgo de encontrarte
que me sigo mordiendo noche y día
las uñas del rencor
que te sigo debiendo todavía
una canción de amor…

Hubiera deseado tanto poderla tener junto a él aquella noche y poderle dedicar alguna canción entre copas de vino tinto y besos. Escuchar La princesa de Joaquín y mirarla a los ojos sin decir nada.

Hubiera podido acariciarle suavemente sus mejillas y coger su pelo para guardar siempre un recuerdo suyo, su aroma. Seguro se hubiéran reído juntos, como siempre lo hacían cuando juntos, hasta que las mandíbulas le comiencen a pesar y a doler de tanta risa.

La hubiera besado como si fuese suya y siempre lo haya sido y hubiera dejado que ella sea feliz como lo fue antes de conocerlo, pero es inevitable. Entonces de nuevo es imposible evadir otra canción, esta vez de Ubago. De pronto se le clava una frase en el corazón escribe:

- Perdóname si algún día pretendí que no fueras tú misma…

Retrocede su asiento y se acomoda. Ya es tarde ¿Será hora de irse?

Parece que no, vuelve a lo suyo. Miradas indiscretas lo observan. Recuerda que un día exactamente como aquel, en la misma transición de los días, pudo decirle, a ella, lo que sentía sin vergüenza, lo que quería sin condición, lo que anhelaba sin deseo. Pudo besarla sin pudor, acariciarla como nunca antes lo había hecho, tocar sus labios y sentir su delicado cuerpo.

De muchas cosas se arrepiente, menos de haberla amado tanto, menos de haberle entregado todo, que es nada, y que se lo dio.

Coge un post-it y escribe:

Te extraño mucho-lo pega sobre la pared y sale raudamente del local-

Se siente un vagabundo. Pide un deseo. Ve su reflejo hasta en la pintura del Che y se pierde en la bruma de madrugada.

-¡Ya es 25! ¡Hay que celebrar! –sueña horas más tarde-

Se levanta abruptamente de su cama, la busca. Ella no está. Fisgonea su número en el identificador del teléfono. Se acuerda que hace días no llama, no sabe nada excepto el recuerdo.

-Será feliz. Feliz como antes de mis besos-suspira-