"Los escritores escribimos porque somos tímidos y resulta que ahora nos hacen hablar en público"
palabras casi exactas de Ana María Matute y Augusto Monterroso
Su voz era suave, tierna y disciplinada. Era la voz de una alumna graduada de la escuela secundaria de algún colegio barranquino, de ojos verdes, joven y que había salido de casa a los dieciséis, con vehemencia, para comenzar a recorrer el mundo con la única inspiración de fotografiarlo, conocerlo y reciclarlo.
No recuerdo muy bien qué hora marcó mi reloj –que siempre llevo puesto en mi muñeca izquierda- cuando mis ojos la descubrieron despistadamente andando y buscándome con esos lindos ojos verdes que hacían tan buen juego con aquella blusita blanca y con bolitas.
Su voz siempre se mantuvo suave. Y su mirada, extraviada en el horizontal y lejano mar, por ratos se encontraba con la mía, extraviada, sí, pero en sus castaños cabellos claros. Y en sus ojos doblemente claros, con el único propósito de averiguar qué pasaba por su mente en aquel caluroso día de verano que decidimos encontrarnos muy cerquita al mar.
Hasta el día de hoy, no sé si fue la casualidad lo que evitó mi falta de optimismo, y qué falta de optimismo, porque media hora después de la hora pactada –por decir lo menos- hubiera podido estar seguro de no haber podido encontrarla ni siquiera tomando un café helado sola, y sentada frente a un atardecer tardón.
Al fin y al cabo, eso es lo de menos.
Lo demás es que caminamos y caminamos, como si no fuéramos a ningún lugar. Como si el destino nos hubiera tenido preparado los pasos justos para seguir haciendo lo único que hacíamos: caminar. Y seguimos caminando tan solo para romper esa delgada capita de hielo que nos separaba mientras conversábamos y perder esa irremediable timidez que produce la vida misma en un día caluroso bajo el sol, normalmente, durante aquellos traicioneros diez minutos iniciales del encuentro.
Ya sentados en algún café de la ciudad y con el sol metiéndose a la cama, abrimos la carta para pedir algo de tomar, frío por favor. Al lado de una ventana que miraba con un marco ovalado a la calle, y de reojo. Ella, sentada frente a mí; y yo, decididamente, frente a ella. Sus brazos cruzados, sus manos escritas, su cabello suelto y resuelto, sus dos codos sobre la mesa, su blusita blanca de bolitas, mis dos codos también sobre la mesa. ¿Y qué tal el día en la playa? Pedimos y seguimos conversando.
Luego vinieron, supongo que horas, de conversación. Y digo supongo porque ni me di cuenta del tiempo, o es que ni le presté atención a eso del reloj que estaba en mi muñeca izquierda. Entonces, prefiero quedarme con horas de conversación. Decía, que luego vinieron horas de conversación, esperando a que nos trajeran eso helado que tuvimos que pedir porque lo que pedimos primero nunca llegó –cosas que nunca entenderé- y que suceden justo cuando uno menos se lo espera, pero suceden.
Que de qué conversamos. Creo que conversamos lo suficiente como para pensar, que ahora sé un poco más acerca ella. De todo un poco en verdad, desde vida familia, amigos, arte y fotografía; hasta filosofía, cosas que ninguno de los dos entendió y serias utopías. Cosas en común y en descomún –como solo a ella se le ocurriría-.
No recuerdo muy bien qué hora marcó mi reloj –que siempre llevo puesto en mi muñeca izquierda- cuando mis ojos la descubrieron despistadamente andando y buscándome con esos lindos ojos verdes que hacían tan buen juego con aquella blusita blanca y con bolitas.
Su voz siempre se mantuvo suave. Y su mirada, extraviada en el horizontal y lejano mar, por ratos se encontraba con la mía, extraviada, sí, pero en sus castaños cabellos claros. Y en sus ojos doblemente claros, con el único propósito de averiguar qué pasaba por su mente en aquel caluroso día de verano que decidimos encontrarnos muy cerquita al mar.
Hasta el día de hoy, no sé si fue la casualidad lo que evitó mi falta de optimismo, y qué falta de optimismo, porque media hora después de la hora pactada –por decir lo menos- hubiera podido estar seguro de no haber podido encontrarla ni siquiera tomando un café helado sola, y sentada frente a un atardecer tardón.
Al fin y al cabo, eso es lo de menos.
Lo demás es que caminamos y caminamos, como si no fuéramos a ningún lugar. Como si el destino nos hubiera tenido preparado los pasos justos para seguir haciendo lo único que hacíamos: caminar. Y seguimos caminando tan solo para romper esa delgada capita de hielo que nos separaba mientras conversábamos y perder esa irremediable timidez que produce la vida misma en un día caluroso bajo el sol, normalmente, durante aquellos traicioneros diez minutos iniciales del encuentro.
Ya sentados en algún café de la ciudad y con el sol metiéndose a la cama, abrimos la carta para pedir algo de tomar, frío por favor. Al lado de una ventana que miraba con un marco ovalado a la calle, y de reojo. Ella, sentada frente a mí; y yo, decididamente, frente a ella. Sus brazos cruzados, sus manos escritas, su cabello suelto y resuelto, sus dos codos sobre la mesa, su blusita blanca de bolitas, mis dos codos también sobre la mesa. ¿Y qué tal el día en la playa? Pedimos y seguimos conversando.
Luego vinieron, supongo que horas, de conversación. Y digo supongo porque ni me di cuenta del tiempo, o es que ni le presté atención a eso del reloj que estaba en mi muñeca izquierda. Entonces, prefiero quedarme con horas de conversación. Decía, que luego vinieron horas de conversación, esperando a que nos trajeran eso helado que tuvimos que pedir porque lo que pedimos primero nunca llegó –cosas que nunca entenderé- y que suceden justo cuando uno menos se lo espera, pero suceden.
Que de qué conversamos. Creo que conversamos lo suficiente como para pensar, que ahora sé un poco más acerca ella. De todo un poco en verdad, desde vida familia, amigos, arte y fotografía; hasta filosofía, cosas que ninguno de los dos entendió y serias utopías. Cosas en común y en descomún –como solo a ella se le ocurriría-.
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