jueves, enero 08, 2009

Amarse a uno mismo no es tan fácil


Hacía mucho calor, el día que conversábamos de cuán inexplicablemente difícil era eso de amarse uno a uno mismo. Hasta ese momento de dudas, nunca en mi vida me había puesto a meditar tan profundamente sobre tal afirmación, contractura neuronal o simplemente un pensamiento aparentemente inocuo llamado: "amor a uno mismo".

Decía que aquel día me moría de calor, sentado frente a ella, risueña -como nunca deja de estarlo siempre-, deslumbrante por esas cosas del destino que a uno lo hacen despertarse tan bien cada mañana.... Y es que, para empezar ella nunca terminó de decidirse en eso de que si se amaba o no. Por lo que yo me entretuve jugueteando con su único si y su único no, y a medias tintas -osea nada- y sus cabizbajas frases luego de terminar de escuchar canciones que la hundían quizá en las melancolías más ignotas y profundas de un hemisferio lleno de polvo.

Fui yo, precisamente, quien trató de acaparar la conversación con mi insistente e irrisoria pregunta, qué interrogante tan bobalicona, como "no sé de qué más hablar y por eso te pongo lo primero que se me ocurre". A menudo me pasa, quizá por la premura de aquellos minutos que mientras pasan uno se hace tantas preguntas como cuando recién el ser humano cae en razón que algún día tendrá que irse de este mundo sin haber hecho literalmente nada.

Y seguimos el trazo que nos marcó la conversa en el mismo modo como de a pocos y de pequeños sorbos ibamos tomando una mesurada copa de vino dulce, aguerrido -como solo los valientes beben el placer-. La enriquecedora conversación nunca tomó su cauce final, a sabiendas de la noche oscura, tenebrosa y casi por ratos adormitada.

De pronto, su risueña expresión no supo como mantenerse quieta, constante, y tornó en un gesto inconcluso a punto de una maravillosa lágrima dulce, porque no podía ser de otra manera -o salada-, pues imposible pensar que de unos ojos tan dulcemente apacibles, risueños y doblemente tiernos y claros, podrían salir pequeñas lágrimas saladas, amargas o tristonas.

Yo la escuchaba con deleite mortecino y seguía tomando el vino de una copa acabada. Y la música de fondo, y el cielo claro. Ella sólo dubitaba en su respuesta.

De pronto una palabra, una sola frase, un solo episodio que me ha dejado pensando hasta hoy, de sólo haber sabido qué contestar en ese momento, de sólo pensar qué hubiera sido si... mejor ya no pensar y quedarne tranquilamente exhausto en el meditabundo sillón de los recuerdos y de los aires cuartopisanos de esta humilde morada apagada por un error electrónico que me ha dejado con el consuelo de ya no poder hablar con ella pero de seguir recordándola.

Por el momento, yo sé de una mujer que mi alma extraña... y que dice no amarse a sí misma, y que por el contrario ama a todo el mundo, con el amor con el que no puede amarse ella misma.

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