En Navidad todo huele a Navidad, es lógico. Pero cómo que cómo huele el olor a Navidad. Me explico: disfrazan muchos su indecencia de Channel y ocultan tras sus suntuosos vestidos la verdad de quienes entre aromas de panteón quisieran pasar desapercibidos por arrogantes. En la Navidad, es un hecho, o podría no serlo pero así dicen, reina la paz, el amor y la alegría, en Navidad indiscutiblemente no hay mesas vacías aunque las hay y de todo tipo, porque hasta el que no tiene aparenta tener y los que tienen aparentan tener aún más.
En Navidad hay corazones llenos y rotos y barrigas también. Quizá en algún momento de nuestras vidas no seamos nosotros los más idóneos para ofrendar un consejo, quizá las personas menos autorizadas seamos nosotros. Y por qué llorar en Navidad, si en Navidad no hay que hacerlo, y si del llanto se trata, por qué no de alegría.
¿Por qué en Navidad sobran los regalos si los abrazos son más sinceros? Los saludos escasean, como el panetón por estas fechas, como la nieve en Guayaquil, como los besos en recesos. Las tarjetas brillan por su ausencia y las rúbricas firmes y claras también.
En Navidad las luces son incontables, los carros abundan –y del año-, los panteones son millones, la viveza se desborda. ¿Por qué si todo en Navidad sobreabunda los amigos los puedo contar con los dedos de una mano? Además, en Navidad, o al menos en esta, a mí no me ha dado por coger ningún libro, parecen papeles tirados en el sofá del olvido momentáneo. Lo único repleto de este cuarto oscuro en el que escribo es mi mesita de noche, repleta de cosas y de testigos.
En Navidad así como todo alumbra, todo hace ruido y los teléfonos suenan más de lo que acostumbran, las pantallas del televisor se apagan menos y las luces carecen de sentido si no hay ni siquiera un perro que lo ladre a uno. En Navidad el tiempo es lento, el sol cae más despacio y las aves parecen haber dejado de cantar o será que ahora se pusieron a cantar villancicos. Todos caminan a su ritmo, cada quien con su prisa y los pavos pagan pato por la consuetudinaria costumbre que tenemos los humanos de comérnoslos, justo ahora, en Navidad.
En Navidad las sobras lo son todo para quienes no tienen nada en su mesa, y los hay, y muchos. Todos son Santa Claus y Papanoeles, todos tienen chimenea, todos regalos, no hay quien se quede sin uno, porque por más mísero que sea –el regalo- alguien se acuerda de ti sin lugar a dudas, mira hasta puede ser un chocolate, eso no importa, es el gesto lo que importa. Y no me importa si me dicen que soy un cojudo a la vela, saben, eso sí me importa muy poco.
En Navidad los chocolates calientes son mimados por todos y por única vez en todo el año le dan bola. Y los niños…
La Navidad es de los niños…y no jodan…aunque nosotros, que de niños tenemos sólo el recuerdo, derramemos de purita nostalgia algunas traicioneras lágrimas sin saber por qué, o sabiendo…
Felíz Navidad sin ánimo de materialismo y, desde acá, un abrazo.
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